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Mi reino por una entrada. Las olimpiadas de Pekín en primera persona

MI REINO POR UNA ENTRADA
Las olimpiadas de Beijín en primera persona

Por Elena Alemany
Periodista

Olimpiadas Beijing 08, baloncesto. En primera persona

He pasado una semana en Pekín/Beijín, la primera semana de los Juegos Olímpicos. Iba en un viaje en grupo, un paquete organizado por una empresa de eventos deportivos británica especializada en este tipo de ocio. La composición del grupo variaba según los días, pero el elenco más habitual era un par de docenas de ingleses, dos norteamericanos y dos españoles. El programa incluía billetes para la ceremonia de inauguración, y para varios eventos, más o menos alejados del paladar español: gimnasia rítmica, remo, baloncesto y bádminton.
La gimnasia rítmica nos gustó, a pesar de la mala suerte de las españolas, y a pesar del desconcierto inicial por la profusión de pistas y deportistas concursando a la vez. Al principio estábamos sentados con los ingleses de nuestro grupo, pero como una de nuestras entradas tenía escasa visibilidad fuimos a sentarnos con una pareja de españoles que llevaban una bandera (nosotros, por nuestra parte, habíamos reciclado una camisa de la Eurocopa, en rojo y amarillo y con el lema PODEMOS). Eran Carmen y Fernando, madrileños como nosotros, que se sumaron a nuestros coros y vítores a las gimnastas españolas.

Por el contrario, el remo no me gustó demasiado: estábamos muy lejos, hacía mucho calor, no sabíamos la numeración de las calles y no coincidimos con ningún remero español.
Las entradas de baloncesto eran una incógnita. Sabíamos la hora, pero desde España resultó imposible comprobar qué partido íbamos a ver, porque las diversas web (incluso la de la NBA) se liaban con el cambio horario o bien se limitaban a reproducir el nombre genérico del partido (fase inicial masculina de basket) y en los primeros días en China tampoco pudimos tenerlo claro. Así, el mismo día supimos que teníamos billetes para el USA-China, a disputar a las 8 de la tarde hora local y que por tanto no podríamos ver el España-Grecia, que se jugaba a las 2 y media, momento en que según nuestro programa deberíamos estar regateando en el Mercado de la Seda y las Perlas, entre cojines y edredones.

Según cuentan las guías y los blogs, los mercados chinos y su funcionamiento merecen mucho la pena, pero yo pensé que un España-Grecia en una olimpiada en Pekín es algo que se da una vez en la vida, mientras que el mercado de la Seda seguirá allí. No soy una fan acérrima del basket, pero he jugado durante bastantes años al baloncesto de pequeña (era ala-pivot) y además estudié en el Ramiro, compartiendo gimnasio con los jugadores del Estudiantes. Además, creo que esta selección ilusiona incluso a la gente que no sigue el baloncesto. Mi amigo, por otra parte, ya había estado en China dos años antes y lo había visto. Durante toda la mañana le habíamos pedido a nuestra guía que intentara ver si habían sobrado entradas para ese partido, y ella con el pinganillo del móvil en el oído lo había intentado, sin éxito.
Finalmente, decidimos lanzarnos a la aventura y tratar de conseguir unas entradas en la reventa, a costa de perdernos el shopping a lo chino. Nos sumamos a la gente que volvía al hotel a descansar pero con el fin de repostar dinero –imaginamos que los reventa ilegales no aceptarían tarjeta de crédito- y en recepción solicitamos que nos anotaran en chino tanto el nombre del estadio como el del lugar donde íbamos a cenar después con el grupo.

Esta tarea llevó demasiado tiempo, por los problemas de los chinos con el inglés y por una cierta forma de hacer las cosas de los camareros y recepcionistas locales que ríete tú de la pachorra tropical (un día nos costó 30 minutos de reloj que nos trajeran la cuenta en el bar del hotel). Se me ocurrió preguntar cuánto tardaría un taxi hasta el estadio y me dijeron que entre 30 y 40 minutos, cosa que nos ponía muy difícil llegar a tiempo ya que faltaban 40 minutos para el comienzo del partido y no teníamos entradas. Confiamos en que la información fuera inexacta y seguimos adelante. Salimos a la entrada del hotel y el mozo chino se dispuso a pararnos un taxi, pero en esto como en todo tuvimos que tirar de paciencia porque el primer taxi que pasaba no valía por algún motivo y hubo que esperar al siguiente. En aquel momento, lo atribuimos a cabezonería del mozo o del taxista pero por lo que he leído ahora desde España no todos los taxistas están autorizados a entrar en la zona olímpica. Sea como fuere, conseguimos subir al siguiente taxi y éste nos dejó en la zona del estadio en unos veinticinco minutos.

Una vez en la zona del estadio fuimos hacia las entradas de seguridad y abrimos los ojos y los oídos a la caza y captura de entradas. Pronto comprobamos que la cosa estaba difícil: en teoría los billetes estaban completamente “sold out” y por otra parte la reventa es delito en China y los vendedores se arriesgan a ir a la cárcel si los pillan. La cuestión es que nuestra pregunta “tickets?” musitada en las distancias cortas a los chinos con pinta sospechosa (gente parada cerca de la entrada con pinta de ociosa y alguna bolsa, riñonera o bolsillo amplio para llevar las entradas) no surtieron demasiado efecto durante el primer cuarto de hora ni tampoco durante la primera media hora.

El tiempo apremiaba y los chinos resultaban bastante desesperantes porque te miraban con una media sonrisa, señalaban a la gente de seguridad y vuelta a sonreír, pero ni una palabra en firme.
De repente apareció un reventa occidental, grandote y que hablaba en inglés. Le seguía un enjambre de chinos con billetes en las manos. Dijo que tenía entradas y que estaba deseando vendérselas a occidentales, así que nos las ofrecía al mismo precio que a los asiáticos siempre que fingiéramos que le dábamos más pasta que los chinos. A mi aquello me sonó muy raro, pero dijimos que OK.

Enseguida los chinos mascullaron algo y al parecer ofrecieron más pasta que nuestra supuesta oferta. Digo “al parecer” porque aquella situación, nueva para mí, me tenía bastante desconcertada y no me estaba enterando demasiado de lo que pasaba. Estábamos junto a la valla de entrada y en ese momento se asomó un chino de seguridad y reprendió al reventa. A éste no le afectó demasiado aquello, pero nos subió el precio por cabeza hasta una cifra que nos pareció demasiado alta y antes de que pudiéramos reaccionar las entradas desaparecieron de la mano de los chinos. Seguramente el error fue pensar que estábamos regateando como clientes en el Mercado de la Seda, cuando en realidad el caso era el contrario: lo que abundaba era la demanda de entradas y no la oferta.

Tanteamos a otros chinos y preguntamos a todos los españoles que vimos por allí, pero sin resultado. Una centroeuropea rubia y grandota intentaba como nosotros conseguir entradas y me contó que el día anterior, mientras ella le compraba las entradas a un chino, apareció la policía y se lo llevó detenido. Añadió que los reventas locales en principio sólo venden a sus compatriotas y que como extranjeros lo teníamos difícil. Se acercó un joven de unos dos metros y ciento y pico kilos con pinta de nórdico a pedirle entradas a la centroeuropea. Ella le dijo que también buscaba entradas pero que estaba difícil porque tal y cual. Siguieron charlando animadamente y me vino a la memoria aquella frase de “creo que es el comienzo de una gran amistad”.

Un poco más tarde apareció en escena un coche oficial con una delegación estadounidense. Una señora de sesenta y pocos, bien conservada, sacó un sobre con un par de entradas cogidas con un clip y se dirigió hacia el control de seguridad, junto a su marido que también tenía alguna entrada. Di la voz de alarma a mi amigo en plan “esa señora tiene entradas”. La perseguimos mientras le contábamos nuestra historia en inglés (somos españoles, estamos en Pekín y no tenemos entradas para ver a nuestro equipo que juega ahora). Al marido -otro pijo sesentón con aire deportivo- no le gustó la escena y se la llevó rápidamente hacia dentro. Creo que fue simplemente un problema de falta de tiempo: no hay ningún problema en regalar unas entradas que nadie va a poder disfrutar y que a ti como delegación no te han costado ni un duro… pero en fin, entiendo que estar en un lugar donde no entiendes ni el idioma ni las costumbres te pone un poco a la defensiva y que el marido tuviera prisa por meterse dentro ya que el partido había empezado hacía un rato.

Miramos el reloj y comprobamos que los dos primeros cuartos se habían esfumado. La cosa estaba difícil. Confiados en nuestra buena estrella a pesar de nuestra mala suerte reciente, decidimos que los grupos organizados y las delegaciones eran una buena opción por aquello de que tenían muchas entradas y era posible que alguien se hubiera echado atrás y permanecimos a la espera. De repente vimos a un grupo bajo una pancarta que decía Panavisión. Recité nuestra cantinela en mi mejor inglés, cargando un poco las tintas: “somos unos pobres españoles que no tenemos entradas para este partido, snif snif”. Uno de los jefes de grupo me oyó y nos dijo mientras avanzaba hacia el control que le preguntáramos al de la pancarta de atrás. Así lo hicimos. El tipo, un americano coloradote y cuarentón con bastante sorna, nos vendió dos entradas que le sobraban por el precio de coste, recalcando mucho lo generoso que estaba siendo y la mucha suerte que estábamos teniendo. Le dijimos que era un santo bajado a la tierra, la reencarnación del mismo Buda, y corrimos hacia la seguridad. Los empleados encargados de pasar por el escáner nuestras pertenencias y de cachearnos estaban especialmente pesados, de manera que consideraron sospechoso mi banderín olímpico y me hicieron desenrollarlo y también consideraron un peligro potencial mi barra de labios y me obligaron a probarla.

Mi amigo pasaba dificultades semejantes para explicar que un chubasquero es un chubasquero es un chubasquero y no un arma arrojadiza. Nuestra gesta al conseguir los billetes in extremis se iba empañando por momentos, porque mientras lidiábamos con la miopía de los seguretas chinos y tratábamos de conservar la calma, el partido seguía avanzando.

Por fin entramos en el estadio y localizamos nuestros sitios. Las entradas eran magníficas, muy cerca de la pista y centradas. Después de tanta aventura y de tanto partido televisado, yo no podía creer que esas figuras que se movían delante de nosotros fueran los jugadores de la selección y que aquel rectángulo fuera el campo de basket. Tardé un momento en hacerme a la idea de dónde estaba, pero en seguida me aclaré la garganta y empecé a gritar ¡Es-pa-ña!. A los macedonios de delante no les hizo demasiada gracia, pero mi amigo y yo seguimos animando todo el tiempo, hasta que por fin, el partido terminó. Ganamos, por supuesto. Mi amigo y yo somos una cla profesional y no hubiéramos permitido otro resultado.

P.S. A la salida del estadio nos entrevistaron los de la cadena Cuatro. Les contamos brevemente nuestras peripecias y añadimos que echábamos en falta más apoyo a la selección por parte de los españoles presentes (en el estadio, apenas se nos oía), pero al parecer la entrevista no se ha llegado a difundir. Misterios de la programación.

Elena Alemany.
Periodista.

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